El paso de cebra
Luis se cruzó otra vez con ella entre la tercera y la cuarta línea del paso de cebra de la calle del pintor Juan Gris, a solo dos pasos del cuartel de la Guardia Civil. Sucedía cada día desde hacía exactamente 15, tres semanas laborables completas. Desde el primer encuentro, un jueves lluvioso de marzo, los fines de semana apenas existían para él. Ni sábado ni domingo la veía y su vida entonces no tenía sentido ninguno.
Cada día, justamente a las 8:20 de la mañana, Luis se cruzaba con ella camino a la oficina de encuestadores en la que trabajaba. Allí, un día preguntaba por la intención de voto; otro, por si había microondas en casa; el tercero, por si estaban de acuerdo con que los homosexuales se pudieran divorciar, aunque aquellos días lo que más preguntaba era si nombrarían Papa a un negro, ahora que estaban los cardenales reunidos en cónclave buscando relevo para el que acababa de morir. Preguntaba de todo, a todo el mundo, pero a ella, cuando cada mañana se cruzaban, solo la miraba. Era, se me olvidaba, a mediados de los noventa.
Pelo corto y moreno, nariz afiladamente perfecta, ojos verdes y labios carnosos. Ni muy alta, ni muy baja. Ni muy gorda, ni muy flaca. Una especie en extinción, como el lince ibérico, las misas de los domingos o los madridistas de izquierdas.
Un día, a Luis no le sonó el despertador y, mucho tiempo antes de que los chavales emplearan el adjetivo literal para todo y sin sentido, literalmente batió su propio récord para estar a la hora en el cruce. Y ella, allí, con su paso sostenido, seguro, pelín altiva, encantadora hasta el extremo.
Otra mañana, era martes, Luis llegó a la cita cinco minutos antes. Hizo tiempo curioseando en el escaparate de una inmobiliaria y, entre vendido y reservado, algo le dijo que debía mirar al fondo de la calle, bastante más allá del paso de cebra. Allí la vio, observando y escribiendo en algo que, pese a la considerable distancia, le pareció una libreta. Imaginó, porque así era Luis, que le estaba escribiendo una carta de amor que cinco minutos más tarde estaría en sus manos. Pasó ese tiempo y nada, ni una cosa, ni la otra; el cruce puntual y muy poco más. Ese muy, exageradamente enfático, tiene que ver con que Luis creyó atisbar una sonrisa en el encuentro diario, pero tampoco se dio.
Llegó el viernes. 8:20 de la mañana. Calle del pintor Juan Gris. Luis, puntual; ella, no. Ni rastro. Luis, desarmado y cautivo. El mundo, encima. Cruzó el paso de cebra y todo le pareció mucho más feo. Descreído, optó por darse la vuelta. Lo cruzó seis veces más, tres en cada sentido, haciendo único caso al misterioso grajo que el Ayuntamiento había insertado en cada semáforo para ayudar a los invidentes. Luis, tantas veces tuerto en el país de los ciegos, no veía nada, ni siquiera su negrísimo futuro.
A las 8:25 se dio por vencido. Llegaría a la oficina, marcaría un número al azar, o *random*, según dirían años después los mismos jóvenes de antes, y solo haría una pregunta, retórica para más señas: ¿Hay derecho a esto?
Estaba en estas cuando una tremenda explosión le hizo perder el sentido. Cayó al suelo y dejó de oír. A él le parecieron minutos, pero a los pocos segundos, pudo incorporarse. Y lo que allí vio fueron, mínimo, tres cuerpos despedazados. Un reguero de sangre y, al menos, veinte rostros desencajados. Intentó ayudar, pero él estaba para ser ayudado.
La siguiente vez que Luis la vio fue el día en el que se acercó a la comisaría a renovar el DNI. Llevaba más de un mes caducado; no le había hecho falta en el tiempo en el que había estado recuperándose en el hospital. Habían pasado tres semanas del terrible atentado, uno de los más sanguinarios de ETA en la capital. Mientras dudaba qué dedo era ese pulgar que la funcionaria le había pedido que se manchara, elevó la cabeza y dirigió su vista a la pared del fondo. Ella le miraba desde un cartel rodeada de gente poco recomendable. La estaban buscando por todo el país.
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