Arrelatos

Acabado en 7

Acabado en 7

Sara se agachó para recoger el papelito que acababa de ver en el suelo. Pasaba por allí todos los días, al menos, dos veces, y sabía perfectamente que era una calle peatonal. Sin embargo, la curiosidad le hizo mirar a ambos lados en busca de delincuentes motorizados. Por la izquierda, nada. Por la derecha, ni que estuviera en Londres, mucho menos.

Libre la calle, Sara recogió aquel papel rectangular en el que destacaban varios números. Era un décimo del sorteo de la Lotería de Navidad. 23327. Le pareció la combinación perfecta, capicúa para empezar y su número favorito para acabar. Como quien roba a un pobre, Sara miró para todos los lados antes de meter el papel, inquieta, en el bolsillo de su pantalón. Nadie alrededor, mucho menos el incauto que había perdido el décimo en plena calle. No sabía por qué, pero había descartado automáticamente que hubiera sido una mujer.

Sara era periodista de provincias y había cubierto decenas de sorteos de la Lotería de Navidad. Se las sabía todas, incluida esta en la que se acababa de meter. Directa se fue a la comisaría de Policía más cercana a dar parte de lo que había sucedido. “Sí, señorita”, le dijo el oficial Javier Palomo, así se leía en su pecho, antes de tomarle los datos: nombre completo, dirección, un correo y un teléfono móvil. Por la cabeza, se le pasó responderle con un recíproco “sí, señorito“, pero tenía el día pelín cruzado y no quería estropearlo más.

“Eso es”, comenzó a explicarle Palomo. “Es una apropiación indebida en toda regla. Si alguien viene a denunciar la pérdida del décimo, ha de devolvérselo y cumplir la pena. En realidad, es como si se lo hubiera robado”. Cuando el oficial le empezó a contar que el teórico damnificado, también él pensó que era un hombre, tendría que probar que era su décimo, con número de serie y todo, Sara había dejado de escucharle. Se lo sabía ya de memoria. Las palabras del oficial, llenas de ordenanzas, leyes y presuntos delitos, no fueron suficientes para despistarla de lo importante: los ojos del policía, mucho más atractivo que guapo, sus labios y ese pecho que casi se le salía de la camisa recién planchada.

Habría jurado Sara que el inspector Palomo le había mirado el suyo también. Fantasías, pensó.   

Podía haber dejado el décimo allí como lo que era en realidad, un objeto perdido más, pero era la primera vez en sus 35 años de vida que se encontraba al filo de la ley y la emoción le hizo llevárselo a casa.

Quedaban tres días para el sorteo y la incertidumbre inicial dejó paso a un nerviosismo realmente insoportable. Llegó a desear que no le tocase. Sara casi no pegó ojo en las tres noches que faltaban para la cita. Su pesadilla recurrente era un niño negro desafinando con su número y una niña china respondiéndole con lo de “cuatro millones de euros” cantado de aquella manera.

Llegó el día y Sara, que por fin había logrado no trabajar un 22 de diciembre, encendió la televisión media hora antes de que comenzara el sorteo. Al principio, empezó a apuntar todos los números que cantaban los críos, pero, lógicamente, se quedó sin espacio físico para seguir. Empezaba la quinta tabla y allí estaban: Neymar Jesús, negro como un tizón, y Amapola, de los Wang de toda la vida. Apresada por el miedo, decidió apagar la televisión y esperar hecha un ovillo en el sofá.

A las 12:43 una notificación le llegó al móvil. El sorteo había concluido. Comprobó hasta en diez ocasiones que el 23327 no estaba premiado. Ni siquiera con un mísero reintegro. Respiró, por fin, tras cuatro días sin hacerlo de manera relajada. Qué bien volver a la senda de la inocencia, pensó.

A los tres días, una llamada con un número larguísimo en la pantalla. “¿Sara Izquierdo, por favor?” “Sí, soy yo”, respondió ella, viéndose ya con esposas entrando en la cárcel. “Aquí, Javier Palomo”. Esa misma noche brindaba por su buena suerte con el policía en su bar de confianza.

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Fernando R. Rodríguez

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